Cortinas

cortinas

Howard Phillips Lovecraft: “La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.” – Y yo, hoy vengo a hablarles de un miedo, el miedo a ser observados.

Un hombre común como cualquier otro, con una vida común y un itinerario común, al final de un día común para dar paso a un noche como cualquier otra, o al menos eso lo fue hasta ahora para aquel hombre.

El hombre entro en una silente habitación y tal vez por el cansancio ha olvidado cerrar las cortinas de su habitación; lo cual no seria un problemas si su única función fuera el de impedir que se viera hacia afuera, pero, las cortinas también sirven para no dejar que las miradas del exterior penetren a los adentros de nuestra intimidad, y nos observen en nuestra desnudes, acompañados o en soledad y turben la privacidad.

Aquel hombre no se da cuenta que a las afueras un extraño acosador llega con sus amigos, y se pegan a la ventana como sanguijuelas de cordura, seres exangües que no tienen vida en este plano, y sin embargo aún tienen presencia, asechando, acosando tras aquel vidrio, el cual, afortunadamente, este hombre corriendo con algo de suerte, había cerrado.

Estando incapacitados de muchas cosas, incluso de vida, no pueden dañar los vidrios, así que por lo menos, físicamente está a salvo, pero no podría decir lo mismo sobre su mente.

Ya entrada la noche siendo madrugada, odiando despertar e interrumpir su sueño tuvo que levantarse al baño a pesar de que disfrutaba dormir, algo que no volvería a hacer por mucho tiempo.

El hombre despertó y noto las cortinas abiertas, pero no fue lo único que notó; notó un movimiento informe, errático que se multiplicaba vagamente entre la penumbra de la noche -¿algún ave?- pensó, pues no tenía mascotas -¿quizá el gato de algún vecino?

Se acercó a la ventana pero no logro llegar a cerrar la cortina. En un impulso hacia atrás arranco la misma que había sostenido. Como una explosión en su cuerpo que tenso sus músculos de forma extraordinaria y como una corriente eléctrica de alto voltaje llego a su cerebro, se congelo por completo tumbado en el piso frente a la ventana, pareciese que lo único que en él se movía eran su corazón y diafragma, los cuales se disparaban como pistones de un auto de carreras, y los ojos, esos ojos que no dejaban de temblar resistiendo a cerrarse completamente dilatados, clavados en la ventana observando otros ojos amarillos de volubles pupilas, al otro lado del vidrio de la ventana, decenas de ojos amarillos y sonidos chirriantes, moviéndose en cuerpos excitados, espasmódicos, de un lado a otro, peleándose entre ellos para poder ver a través de la ventana sin cortina, gimiendo y chillando con sonidos irreproducibles.

Aquellos extraños acosadores babeaban y abrían las fauces con expresiones macabras fuera de toda descripción que u humano pudiera sostener en su imaginación.

El hombre no se movía, expulsando pequeños sonidos, como lamentos, gemidos que expresaban un grito de auxilio, el ominoso espectáculo de los extraños acosadores fundía su cerebro en un ahogo de horror y asco, parecían carecer de parpados y tiraban golpeteos contra la ventana, la cual a pesar de los golpeteos no se inmutaba.

Cuando por fin pudo incorporarse volvió el estómago repentinamente sobre el piso, y con un grito  con sordina se levantó sin soltar la cortina y corrió hacia la ventana mirando el cortinero, dándose cuenta que la había arrancado.

–       ¡Largo! ¡Largo! ¡Largo! –gritaba sin cesar.

Pero ni los extraños acosadores obedecían ni la cortina se pegaba. En uno de sus desenfrenados intentos de colocar la cortina se topó de frente con la mirada, ojo con ojo, cara con cara, con uno de los extraños acosadores, haciéndole sacar espuma por la boca y retrocediendo hasta el otro extremo de la habitación, en un rincón.

Al amanecer, después del mediodía, por la pequeña fortuna que aun tenia, un amigo al cual le había dado las llaves de su casa, entro, buscándolo por un asunto urgente ya que no contestaba sus llamadas, y lo encontró en posición fetal balanceándose, enredado en una cortina en un rincón.

–       ¡Largo! ¡Fuera! ¡Váyanse! ¡No me miren! ¡Largo! ¡Váyanse! ¡No miren! ¡No! ¡Largo! –murmuraba el hombre.

Su amigo rápidamente lo llevo al un hospital ya que no pudo hacerlo reaccionar, pero fue internado en un psiquiátrico. Independientemente de lo que suceda, aquel hombre no podrá volver a dormir en un habitación con ventanas… o alguien con ojos para mirarlo.

4 pensamientos en “Cortinas

    • Gracias, en verdad tus comentarios me alegra, y sobre todo que te haya gustado. Es la primera vez que escribo una historia narrada en tercera persona, me agrada saber que no ha salido tan mal.
      Jejeje solo basta con cerrar las cortinas y no salir hasta que llegue el sol, pues estos odian salir a la luz y aman violar la privacidad, ágiles y hambrientos, son unos malditos.

      Un gran abrazo.

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