Crímenes por amor cometidos

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“Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal.”


Friedrich Wilhelm Nietzsche

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Hay un parque a las afueras de la ciudad. En aquel parque de verdes hacia contraste con las grises nubes,  y bajo un quiosco había una joven esperando ansiosa, parecía que las nubes hacían una sombra sobre su mirada, jugaba con sus manos impaciente, y yo no podía dejar de observarla mientras me acercaba lentamente, su cabellera al viento era como hilos de fina seda deslizándose por el aire tan delicadamente como su figura plasmada en el paisaje entre los juegos de luz y colores, resaltando la belleza natural de una mujer que ha nacido para ser amada hasta el fin de los tiempos, reflejaba ser tan hermosa que podría ser considerada como la reencarnación de la diosa griega Afrodita.

– Anabel, hola, disculpa el retardo ¿tienes mucho esperando?
– No -dijo con una sonrisa que pudo despejar el cielo en ese instante- no hace mucho Ernesto, no te preocupes.
– Y dime, ¿te marchas a Grand Ville?
– Pasado mañana, ya tengo todo arreglado, me quedare en el apartamento de una amiga y compartiremos renta.
– Que rápido pasa el tiempo.
– Si, eramos solo dos niños cuando jugábamos en este parque.
– Pero si aun somos jóvenes – dije riendo-  no tienes porque decirlo en ese tono.
– ¿Y porque estamos aquí? Dijiste que nos reuniéramos pero ¿cual es la sorpresa?
– Esto te dará buena suerte -saque una pequeña caja de madera- es un regalo para tu viaje.

Con una expresión de sorpresa Anabel tomo la pequeña caja tallada finamente, alzo el broche de oropel y lo que descubrió dentro fue un pequeño collar con un aspecto singular y una cadena oro, que hizo ruborizar las mejillas de Anabel. Me acerque un poco mas y tome sus manos tan tibias, tan suyas, tan delicadas; y ella me dejo tomar el collar y pasarlo detrás de su cuello donde lo abroche, y enseguida recogí su cabello para dejar caer completamente el collar por su cuello. En un instante nos vimos frente a frente, nuestras miradas se cruzaron con nerviosismo, podía ver sus ojos cafés observar los míos temblando con timidez. En otro instante nuestros labios estaban encontrados, rosando uno contra el otro, el sabor dulce de sus labios, la ternura de ese sentimiento cálido y abrazador que nace desde el pecho cuando sientes que tu corazón no puede ir mas rápido. Nuestro labios jugaron su papel y nuestras mentes fueron una misma.

De pronto sentí gotas que no eran lluvia, sus mejillas fueron el canal de sus lagrimas, y dejaban rastros de sal a su paso. Bese una de sus mejillas y recogi entre mis labios su lagrima, con la otra mano acaricie su otra mejilla y con mi pulgar trate de secar aquella otra lagrima.

-Te ofrezco una copa de mi sangre -dije suavemente a su oído a través de su cabello, con una voz firme- por cada una de tus lagrimas.
-Entonces morirías -contesto ella con voz frágil y dulce- sin sangre morirías.
-Tómala, toma mi sangre; de nada me sirve la vida si yo soy la causa de tu tristeza y tus lagrimas.
-Esa forma de hablar tan tuya -dijo sonriendo y secando las lagrimas que aun podrían salir de sus ojos- aveces parece que hablas de una forma extraña.
-A veces es la única forma que tengo de hablar.
-¿Porque ahora? Ahora que me marcho ¿Me dirás que no me vaya?
-No quiero ni trato de detenerte, es para decirte que siempre te he amado, y cuando termine aquí mis asuntos iré a buscarte.
-¿Cuanto tiempo sera eso?
-Siete meses, mi contrato termina dentro de siete meses.

Trabajaba como escritor en “El solar”, un periódico local en el cual aun tenia que realizar ciertos trabajos y cumplir mi contrato antes de que pudiera hacer cualquier otra cosa, hasta entonces no podía dejar el lugar e ir con Anabel a Grand Ville.

-Serán siete meses eternos.
-¿Me esperaras? -le dije aun sosteniendo sus manos.
-Siempre.

Y con un beso cerramos el telón de aquel día, un cierre del cual hubiese querido eterno. Pasaron dos días, y en esos dos días los momentos que la vi fueron los mejores que había tenido en años… y cuando partió sentí que debía correr tras el camión de mudanza y aferrarme a el como un niño que mira su infancia partir. Ese día  aunque ella dijo que me esperaría, y podíamos seguir en contacto por teléfono o internet, la amargura inundo mi boca, y un bacio creció en mi pecho y se adueño de mi.

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