Día veinticuatro. Cotidiana pesadilla.

Atento a la canción de cuna
prosigue una oración nocturna
pidiendo a mi ángel de la guarda
me arrope y cuide mi velada.

 Entrada ya la noche
afuera no hay luna
las estrellas se ocultan;
el tic-tac del reloj.

 Cierro los ojos esperando llegar
al reino dominado por Morfeo
que me conceda un agradable sueño
y despertar escuchando al cardenal.

 Mi cuerpo se aturde
los sentidos se nublan
ahora el dulce sueño
me provoca un temblor.

 Se retuerce mi mente
huyo, corro, me escondo
algo me quiere atrapar
con migo quiere jugar.

 Un pequeño foco
en toda la noche
iluminándome
en nada ayudara.

 Desesperación
el coco me busca
por doquiera que voy;
despierto de pronto.

 Estoy petrificado
las sombras se deforman,
las canicas rodando
al momento rompo en llanto.

 Lagrimas gotean
mojan mis mejillas
no cierres los ojos
se pueden acercar.

 En mi bunker de cobijas
abrazo mi oso de felpa
y aprieto fuerte los labios,
un esfuerzo por no gritar.

 Un nudo en mi garganta
la estrangula con dolor
entre la oscura noche
espero el amanecer.

 Todo es silencio
nadie lo perturba,
en la oscura tortura
aprieto mi escapulario.

 Posado en el techo
haciéndome gestos
y luego se arrastra
bajo mi yacija.

 Dentro de la casa
oculto en el aire
ominoso aspecto
sentado en la sala.

 Se retira en la mañana
justo cuando el gallo canta,
dentro del extraño armario
él espera con calma.

 Mis lagrimas seco
me finjo el dormido
actuó un despertar
solo queda la sal.

 Sal en ambas mejillas,
en la sufrida almohada,
y el oso apachurrado
como el escapulario.

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