Día diecisiete. Tu me enseñaste.

milmayos siempre

Tú me enseñaste a leerte
entre palabras y besos,
a interpretar tu silencio
en el mejor de los silencios.

Me enseñaste una razón
para pasarme el rastrillo,
a buscar tú mirada
entes que los misterios
de tu seductor escote.

A convertir a mis manos
en dos niños jugando
traviesos en aquel parque
de ensueño que es tu espalda.

Aprendí a odiar los relojes
que corren maratones,
a las virtudes veniales,
a tus besos pasajeros.

Me enseñaste otro concepto
de la palabra “deseo”
y lo deformaste hasta hacerlo
sinónimo de tu nombre.

Así dejaste un tatuaje
entintado con sangre
sobre mi piel y mis sueños,
sobre todos mis conceptos.

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